l’Olleria

Tierra, Agua, Fuego y Aire… Con los cuatro elementos podemos trazar la que ha sido la evolución histórica de la población de l’Olleria, Vila Real de l’Olleria, Alquería de las Ollas o Alfufar. Nombres que, sin duda, inmediatamente, relacionamos con un lugar de producción de cerámica o alfarería. Esta denominación corresponde al emplazamiento actual de la población, aun así no siempre los habitantes de este término se situaron entre el Barranc de Grau y el Barranco de Caputxins…

Los primeros vestigios de población en nuestro término los tenemos casi en la cumbre de la Serra Grossa, en la conocida como Cueva San Nicolau. Allí se han encontrado restos de utensilios, flechas y hazadas de sílex, de la época del Paleolítico Superior, más de 10.000 años a.C. Seguramente, las condiciones meteorológicas óptimas y la abundancia de víveres y agua posibilitaron este asentamiento primitivo en ese lugar singular de nuestra cordillera.

Cerca de allí, pero más al este, tenemos el Castellet del Porquet. Esta es la primera civilización conocida en l’Olleria. Se trata de un poblado pre–íber que fue muy estudiado por la comunidad arqueológica de principios del s. XX. Las excavaciones realizadas provocaron que a estas alturas sea difícil incluso identificar en el terreno donde se encontraba este poblado. Se documentaron hallazgos de cerámica, cobre y, incluso, bronce trabajado, como por ejemplo una serpiente pequeña que se ha conservado.

Desde aquella parte alta de la montaña, los pobladores poco a poco fueron bajando, seguramente, a medida que bajaba el nivel del agua del Barranco del Salido y buscaron condiciones de vida más estables. Incluso, en algún periodo no necesitarían tanta protección y defensa. Así encontramos los siguientes asentamientos de población justo frente a los que hemos estado hablando. Actualmente, los conocíamos como Els Casals o Miranda donde se ha conservado la ermita de Sant Cristòfol. Hay documentados hallazgos de monedas, cerámica, construcciones de todo tipos, por ejemplo un acueducto desaparecido y, también, calzada romana, además de una lápida funeraria que actualmente está expuesta al público. Se encuentra al lado entre la Calle Batle y la Calle Sant Roc, en las paredes del antiguo horno de pan, escrita en letras romanas. Esta es una lápida funeraria de una chica joven de catorce años que formaba parte de la familia Murrano. Un apellido que los romanistas, precisamente, relacionan con la producción de objetos de cerámica.  Es el primer indicio de porque l’Olleria tiene el nombre que tiene.

Ahora mismo, pasear y hacer senderismo por esta parte de la población es disfrutar de estos lugares y reencontrarnos con nuestro pasado. Cosa que es posible a través de las rutas que hay marcadas. Todavía se pueden visualizar algunas minas de arcilla que era la materia base de la producción «terrissera».

En la búsqueda de un mejor asentamiento para la producción agrícola, la proximidad del río Clarià y, también, el aprovechamiento energético como por ejemplo, la bajada del agua a través de los barrancos, el siguiente núcleo de población grande ya fue el actual que conocemos, dicho en tiempo de los árabes Alfufar o Alquería de les Olles. Sin embargo, hubo núcleos más pequeños y próximos como las alquerías de Gàlim,  Càfix, Cairent o el poblado de Veinticinco donde todavía se conserva la ermita de Sant Joan. La dominación musulmana no generó conflictos entre la población; más bien al contrario, en la población vecina de Xàtiva hay documentada creación artística, sobre todo, literatura y poesía bucólica, fruto de un periodo estable. El legado del árabes que nos ha llegado es, dentro de la población, la estructura de calles en forma de “S” del barrio antiguo, que suponían un buen sistema defensivo y fuera, la creación de los sistemas de riego a través de los «alcavons», balsas, acequias y la creación de norias y molinos que podemos encontrar en el término.  A pesar de ser una zona eminentemente de secano, durante esa época, se introdujeron los cultivos de regadío en las huertas.

Más adelante, la cultura valenciana que disfrutamos actualmente y que manifestamos en la cuatribarrada del escudo olleriense, llegó de la mano del Rey fundador del Reino de Valencia, Jaume I y sus tropas hacia el 1244. En los primeros pobladores ya encontramos los apellidos más comunes entre la población olleriana actualmente: Albinyana, Boluda, Micó, Mompó y Vidal. Pobladores venidos básicamente del área catalana. Administrativamente, desde un inicio l’Olleria dependió de la ciudad de Xàtiva. El término era tierra de «realeng» y tributaba directamente al Rey. Durante este periodo de fuerza del cristianismo sabemos que la mezquita árabe pasó a ser iglesia cristiana, la que es ahora mismo la Parroquia de Santa Maria Magdalena. Además, se construyeron otras ermitas como la de los Sants de la Pedra, la ermita de la Virgen de Loreto o la de Sant Joan. Y también la muralla defensiva de la cual todavía se conserva una pared justo en el Trinquete. Uno de los trinquetes más viejos que se conservan, para tener parte de la muralla del pueblo, y porque nunca se ha restaurado o modernizado.

El crecimiento económico supuso la solicitud de una feria anual. Decreto que otorgó el rey Carlos II al 1687 y, desde entonces, se celebra, ininterrumpidamente, a finales del mes de Octubre.

Si hablamos de fuego, tenemos que hablar de hornos. Hornos que sirvieron para los talleres y obradores, los de pan está claro y también los que le han dado importancia en l’Olleria, los que sirvieron primero, para la fabricación de platos, ollas, cántaros, safes, lebrillos, jarras, tejas, ladrillos, etc.  Y, como no, para la fabricación del vidrio soplado.

No se sabe en qué fecha los hornos de cerámica pasaron a producir vidrio, lo que sí está documentado desde el s. XVI es esta industria vidrera con el monopolio de un horno hasta finales del XIX. Ya en el s. XX es cuando se inicia la liberación del monopolio y la eclosión de la industria del vidrio propiamente dicha en l’Olleria con la instalación de diferentes fábricas. Un sector que ocupó además de la mitad de la población durante las últimas décadas del s. XX y provocó que la actividad cultural y festiva girara alrededor del gremio de vidreros. De esa manera al 1954 fundaron las fiestas de moros y cristianos que se celebran entre el último fin de semana de agosto y el primero de septiembre. Unas fiestas que rememoran las batallas entre nuestros antepasados moroscristianos por el control del territorio y la victoria final de los cristianos. Unas fiestas que acaban con la disparada de los trabucos y los fuegos artificiales. Otra actividad artesana, la de los fuegos artificiales, que permitió exportar el nombre de l’Olleria fuera de nuestro municipio.

Allà en el carrer Major

els roglets van eixamplant-se

baix de la corda que penja

lligada d’un cap a un altre:

poc a poc van concurrint

noves figures estranyes

amb els camals ben lligats,

amb les cares enfaixades

i, al davant, una capseta

en la que els coets se guarden.

–¿En tens molts?, pregunta Ximo.

–En tinc dos grossos.

–Jo quatre;

me’ls han dut de l’Olleria.

–Pos els meus… ¡també són mascles!

Vull fregir a un majoral…

–Tira-los, que jo te’ls pare;

baix la reixa de la nóvia

em tindràs si vols trobar-me[1].

[1] Poema ‘La Cordà’ d’Elies Cerdà. En http://blogs.alaquas.net/amicscorda/ consultat el 15 de setembre de 2011.

Los nuevos vientos, los ideales modernos e ilustrados y la lucha contra el inmovilismo del Antiguo Régimen tuvo en l’Olleria unos protagonistas muy identificados, estos serían la familia de los Marau, propietarios de la conocida como Casa Santonja. En primer lugar, Francesc Marau fue alcalde y justicia real en l’Olleria, pero también en Albaida y en Buñol. Allí nacieron sus dos hijos, Antonio Marau y Estanislao Marau. Los dos fueron militares con importantes acciones de defensa durante la guerra del Francés. Por ese motivo, Antonio recibió el título de hidalguía el 1818. Sus hijos, Melcior y José Ignacio y también la hija Rosa, casada con el ministro Felipe Benicio Navarro tuvieron protagonismo en la política estatal. Melcior llegó a diputado por València en el periodo más exaltado del Trienio Liberal y, incluso, fue vicepresidente de las Cortes en 1822. A causa de su lucha contra el rey Fernando VII tuvo que exiliarse en Inglaterra y allí murió. Está documentado que perteneció a la masonería de la época. Sin duda, las pinturas murales de la Casa Santonja // Palau dels Marau es un homenaje a su persona y a la ideología liberal-masónica de la familia. Un verdadero templo masón. La familia Marau nunca abandonó esa ideología y sus ideales de confraternidad, libertad y expansión de la cultura permitieron que en el pósito se construira el Teatro Cervantes en el momento de la revolución de la Gloriosa, en el 1868 y estando de alcalde Estanislao Marau.

A pesar de la Guerra Civil y la dictadura durante el s. XX, l’Olleria vivió un gran incremento económico en gran medida por la dedicación y trabajo incansable de los ollerienses. Esto permitió un gran crecimiento industrial del sector del vidrio, pero también otros trabajos como por ejemplo la carpintería, principalmente, con las sillas de boga, la pirotécnica, la cestería y el forrado de garrafas, la decoración y cortado de cristal o vidrio más noble y, finalmente, ya en época democrática, con la industria del plástico y de las importaciones chinas. Los viejos arrieros ollerienses que hacían mercado en los pueblos del alrededor ahora son “viajeros” que recorren el mundo entero para vender los productos fabricados aquí o para importar productos de otros lugares. Esta gran actividad económica ha provocado que l’Olleria sea receptora de población de acogida de gente venida del resto del Estado español y otros lugares de latinoamèrica o de Europa del Este. Ahora mismo somos la segunda población de la Vall d’Albaida, por detrás de Ontinyent, con 8.300 habitantes, aproximadamente.

En cada objeto hecho de “vidrio hueco o medio cristal” -como tradicionalmente se ha conocido el vidrio reciclado y basto hecho aquí- los vidrieros ollerienses han dejado su aire, su viento interior, su alma creativa a través de la caña de soplar. Millones de objetos en el mundo contienen el viento olleriense y si se lo acercan a la oreja, como cualquier caracola del mar, seguro, que puede escuchar el rumor olleriense. Ese sonido fino y encantador es el alma del vidrio.

Redacció Jovi Vidal.

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