Lo recuerdo perfectamente y espero que os sirva a los que estéis pasando por lo mismo que yo. Tenía 44 años cuando me di cuenta de que mi vida se me estaba escapando de las manos. No es una frase de película es lo que me estaba pasando. Fue algo mucho más simple, algo que no solemos hacer porque supongo que no nos atrevemos.
Me miré al espejo una mañana y no me reconocí. Estaba recién separado, con muchos kilos de más, cansado desde que me levantaba y sin ritmo para nada. Me faltaba energía para trabajar, para quedar con amigos, incluso para subir las escaleras de casa sin jadear. Ese día entendí que, si no hacía algo, todo iba a ir a peor.
La separación había sido dura, muy dura. Fue un golpe emocional, pero también me había dejado sin rutinas. Comía mal, dormía peor y me movía lo justo. El alcohol se había hecho mi nueva pareja, y eso supone muchos problemas. Por su parte, el sofá se había convertido en mi mejor amigo y las excusas eran muchas. “No tengo tiempo”, “estoy muy cansado”, “ya empezaré el lunes”. Ese lunes nunca llegaba. Hasta que un compañero del trabajo me habló del gimnasio al que iba. No me vendió milagros ni cuerpos perfectos, solo me dijo: “Prueba un mes, peor no vas a estar”.
El primer día fue complicado. Entré con mucha vergüenza, sintiéndome fuera de lugar entre gente más joven y en mejor forma. Gente joven, cachas, tatuados… Me pesaba el cuerpo y también la cabeza. Luego allí es cierto que cada uno iba a lo suyo. Eso ya fue un alivio. Me apunté sin demasiadas expectativas, solo con la idea de moverme un poco y salir de casa. Lo que no sabía es que esa decisión iba a cambiar mi vida en todos los aspectos.
Un giro de 180 grados
Una de las cosas que más me ayudó desde el principio fue la organización. El gimnasio tenía una aplicación llamada GestiGym que te permitía reservar desde el móvil todo: la sala de fitness, entrenamientos personales, clases dirigidas… Yo, que siempre había usado el “no tengo tiempo” como excusa, ya no podía esconderme. Desde el sofá, desde el trabajo o incluso desde el coche, podía mirar horarios y reservar en dos minutos. Sin llamadas, sin líos. Eso me dio mucha tranquilidad.
Luego lo he hablado con otros amigos que están en otros gimnasios y me han dicho que esta app es una maravilla, y que les gustaría tener a ellos algo parecido. Así que los empresarios de este sector ya saben lo que tienen que hacer.
Pues bien, al principio iba dos días a la semana. Aunque era duro al salir del gimnasio me sentía mejor que al entrar. Dormía algo más profundo y, aunque parezca una tontería, me notaba el ánimo un poco más arriba. Empecé a cuidarme un poco más con la comida, casi sin darme cuenta. Cuando haces el esfuerzo de entrenar, no te apetece tanto estropearlo con cualquier cosa.
Con el paso de los meses, el gimnasio dejó de ser un sitio al que “tenía que ir” y pasó a ser un lugar al que quería ir. Gracias a la aplicación, podía adaptar los entrenamientos a mis horarios, que en ese momento eran un caos por la separación. Si una semana tenía más trabajo, reservaba sesiones más cortas. Si estaba libre, probaba una clase nueva. Esa flexibilidad fue clave para no abandonar.
Físicamente, los cambios fueron evidentes. Perdí peso, gané fuerza y recuperé algo que creía perdido: el ritmo. Ya no me cansaba por todo, me movía con más agilidad y hasta me animé a salir a caminar los fines de semana. Pero lo más importante no fue lo que veía en el espejo, sino lo que sentía por dentro. Volví a confiar en mí. Cada entrenamiento cumplido era una pequeña victoria.
A nivel mental, el gimnasio fue casi una terapia. Me ayudó a ordenar la cabeza, a descargar estrés y a tener un espacio solo para mí. En una etapa en la que todo parecía descolocado, tener una rutina, aunque fuera sencilla, me dio estabilidad. Empecé a conocer gente, a saludar, a sentirme parte de algo. Eso, cuando vienes de una separación, vale oro.
Hoy, mirando atrás, me cuesta reconocer al hombre que era antes de entrar en ese gimnasio. No digo que el gimnasio lo arregle todo, pero en mi caso fue el punto de partida. Me devolvió la energía, la disciplina y las ganas de cuidarme. Y sí, también ayudó mucho algo tan simple como una buena aplicación que me quitó excusas y me lo puso fácil.


